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Política

Análisis de la “Carta abierta de un capitán de Infantería a José Julio Rodríguez”

Hace unos días saltó a la palestra informativa una noticia según la cual un general del ejército del aire se había incorporado a la disciplina de Podemos, a lo que el Ministerio de Defensa respondió con una nada imprevisible expulsión del ejército por “falta de idoneidad y confianza”. Para nada quisiera en esta entrada de hoy valorar ni juzgar la decisión de nadie, no. Cada uno es cada uno y actúa según sus propias motivaciones. Sea como sea, lo que hoy pretendo es, como profesor de lengua que alguna vez haya podido ser, hacer un análisis exahustivo (en la medida de lo posible) de la carta abierta con la que el capitán de Infantería José María Martín Corrochano ha respondido a esta inusitada acción del anteriormente mencionado general.

Lo primero que salta a la vista es el tipo de lenguaje que utiliza nuestro amigo el capitán. Por él parece que la carta haya sido escrita hace ochenta años, pero no, la carta fue publicada hace pocos días a raíz de un suceso acaecido hace también pocos días. Sea como sea, el tema de la misma consiste en la definición o, cuanto menos, el intento de definición del concepto del honor, cuestión que ocupa casi toda la extensión de esta misiva. Huelga decir que, por el tono empleado en toda la extensión de la carta, nuestro amigo el capitán da a entender (o yo lo entiendo así) que únicamente los militares y sólo los militares poseen la exclusiva del concepto del honor, ya que los pobres gentiles, los ciudadanos de a pie, quedamos a años luz de la catadura moral de este individuo. Para no entrar en el juego de las confusiones, echaremos mano de la mayor autoridad en este campo, el Diccionario de la Real Academia Española. En él, la primera de las muchas acepciones del vocablo honor es:

Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo.

Esto, a priori, no parece que convierta al honor en propiedad exclusiva de nadie. Veamos, pues, en qué consiste el honor para nuestro querido capitán.

Honor es defender y respetar nuestra Bandera, esa que juramos, aunque tú me imagino prometiste, defender hasta derramar la última gota de nuestra sangre, y que tu compañero teniente de Alcalde de Barcelona ultrajó en el balcón del Ayuntamiento.

En este primer párrafo hace referencia a la bandera, ese símbolo cuya utilidad no es otra que cohesionar a los habitantes de un territorio para poder disponer de una masa crítica de personas dispuestas a sacrificarse en mayor o menor medida por este símbolo que no deja de ser más que eso, un símbolo. Esto ha sido así desde los albores de la humanidad y se podrían poner infinidad de ejemplos, desde el Imperio Romano hasta los fascismos del siglo XX. La época actual tampoco se escapa de ese adoctrinamiento. También hay que notar que el capitán, que dice haber jurado defender esa bandera, imagina que el general prometió, y ya sabemos lo que pasa, que prometer es cosa de rojos y demás gente de mal vivir. Por último quiero decir que, si el hecho de que haya alguna persona que no se sienta representada por ese símbolo (que las hay) le escuece, el problema no es de esa persona, sino del capitán. Tan honorable como eso.

Honor es respetar al jefe supremo de nuestras Fuerzas Armadas, S. M. el Rey, cuyo busto metieron en una caja tus compañeros del Ayuntamiento de Barcelona, o cuyo retrato quitaron del lugar preferente que por ley le corresponde, o como tus más cercanos compañeros de Zaragoza, humillaron tratando de quitar su honroso nombre de un polideportivo.

Veamos. Está claro que el respeto es la base de la convivencia, eso no es discutible, pero esa declarada devoción por un personaje cuyo único mérito en la vida consiste en algo tan honroso como haber nacido en el seno de una familia y no en el de otra la encuentro alarmantemente infantil para tratarse de alguien que tiene permiso para utilizar armas de fuego. Y me reafirmo en lo que he dicho antes. Si al capitán le escuece que alguien no se sienta representado por la figura del Rey de España, el problema no lo tiene ese alguien. Así de honroso.

Honor es respetar la memoria de nuestros muchos camaradas asesinados por la ETA, y con cuyos palmeros gobiernan tus compañeros de Navarra.

Cierto es que en estos años ha habido infinidad de muertos en atentados de ETA (sin artículo), por lo que no diré nada al respecto. Eso sí, si esos palmeros tienen cargos de responsabilidad en algún sitio, quizá sea porque alguien les ha votado, y ante eso no cabe argumento en contra. ¿O acaso la democracia sólo es honorable cuando gana la opción que yo he votado?

Honor es la divisa de nuestra querida Guardia Civil, a cuyos miembros tu compañero alcalde de Cádiz permitió con una sonrisa en sus labios llamar hijos de puta en un acto público.

Seguro que el capitán se refiere a la honorable Guardia Civil que, en ejercicio de sus honorables funciones y obedeciendo las honorables órdenes de políticos y jueces no menos honorables, saca de sus casas a base de honorables hostias a infinidad de familias que no tienen a dónde ir. No se dedicarán a proteger las casas, el trabajo y el pan de los españoles contra el abuso de los honorables poderosos. ¿Para qué? Eso no es nada honorable.

Honor es la lágrima callada de las familias de nuestros camaradas fallecidos en misiones internacionales, en las que tú, a pesar de llegar a general, no tuviste la suerte de participar, ya que alguien debía quedarse cuidando los despachos.

Me extraña el uso de la palabra camarada por las connotaciones que esta tiene. A su vez, me pregunto a qué honorables misiones internacionales se refiere nuestro amigo el capitán. Tal vez la honorable invasión de Irak del año 2003 en pos de unos oscuros objetivos, oscuros cual fluido que corre por las entrañas de la Tierra, o la no menos honorable misión en los Balcanes. Allí, como no había petróleo, la ONU sólo mandó tropas cuando ya había empezado la honorable limpieza étnica. Sí, todo muy honorable.

Honor es jugarse la vida contra piratas en aguas somalíes, aunque el que tuviese potestad para ordenar actuar contra ellos prefiriera el silencio, o quizás el diálogo.

Aquí tenemos un hueso duro de roer. Lo único que puedo alegar es que el hecho de criticar a una persona que prefiere anteponer el diálogo a acciones más drásticas no es una cosa muy honorable.

Honor es morir en aguas del Atlántico, vistiendo el honrado uniforme de nuestro querido Ejército del Aire, del que tú has decidido desprenderte para vestir la más cómoda camisa vaquera.

He de admitir que no tengo la menor idea de a qué hechos se refiere el capitán en estas palabras, pero, citando las palabras de un general francés en la película El Último Mohicano, este admite que yo siempre creí que honor y muerte era lo mismo, pero hoy he aprendido que eso no es cierto. Pido disculpas si la cita es incorrecta, pero la he hecho de memoria. Sea como sea, morir nunca es bueno, sobre todo para el que se muere.

En fin, el Honor es eso que cuando se pierde, ya no se recupera.

Bueno, bueno, tampoco hay que ser tan drástico. Si Orestes pudo recuperar el suyo…

No quiero acabar sin recordarte el lema que aprendí hace más de treinta años  en mi querida academia de Talarn, y que un político, como tú eres ahora, ordenó quitar de nuestro monte Constampla:

A ESPAÑA SERVIR, HASTA MORIR.

Muy bien. Un honorable final consistente en uno de esos honorables clichés mentales tan sectario como dogmático que sirve para rematar un texto que no tiene por dónde cogerlo. No paro de preguntarme en qué consiste exactamente esa “España” a la que hay que servir hasta morir, pero imagino que, en este caso, servir a España es sinónimo de obedecer ciegamente las honorables órdenes recibidas, aunque eso signifique perjudicar gravemente a los ciudadanos de cuyos impuestos sale su honorable sueldo. Por otra parte, es curioso que en ningún momento de esta carta haya ninguna mención al honorable asunto de la comandante Zaida Cantera, que fue expulsada del ejército por no satisfacer los honorables “requerimientos” de un honorable superior. El superior fue descaradamente encubierto por la honorable cúpula militar y el caso desestimado. Muy honorable todo.

Sólo una última aclaración dirigida tanto al general como al capitán. La última vez que los militares se pronunciaron sobre política en España, aquí tuvimos una dictadura de casi cuarenta años. Por el bien de todos, dedíquense a desfilar, que al fin y al cabo es lo que mejor se les da.

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Acerca de Franz S. Heiligen

Franz S. Heiligen, pseudónimo de Pako Santos, es licenciado en Filología Clásica por la Universitat de Barcelona. Escritor polifacético donde los haya, rara avis de nuestra fauna ibérica, sabe captar en sus escritos lo absurdo y mezquino de la vida con ese toque jocoso y sarcástico de quien se sabe al margen de la mediocridad de este siglo de las pocas luces. Percibimos en él la herencia de la mítica antigüedad grecolatina, de la que se sirve en su obra de manera espontánea, actualizándola. Pako Santos atenta contra el miope autocomplaciente, contra el maniatado a una realidad -la que intentan hacernos creer "demasiado bonita para ser cierta"-. Es, en definitiva, un joven talento por explotar (en el mejor sentido de la palabra) que ya es autor de un saber hacer propio e intransferible. Núria Alcolea

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